BIOS
Nací un invierno del 62 y desde entonces siento una curiosidad casi insolente por saber cómo será el próximo. Espero conservar esa costumbre durante unos cuantos inviernos más.
Entre uno y otro me dediqué a coleccionar preguntas. Algunas terminaron convertidas en canciones, otras en poemas y la mayoría siguen sin resolverse, que no es más que otra forma de decir que me siguen haciendo compañía.
Nunca entendí demasiado a las personas que tienen todas las respuestas. Quizás porque siempre me interesaron más las dudas bien formuladas que las certezas apresuradas. Después de todo, la vida suele cambiar las preguntas justo cuando uno cree haber encontrado una respuesta decente.
Escribo sobre la memoria, el deseo, el paso del tiempo y las pequeñas derrotas que jamás dieron nombre a una avenida, aunque más de una merecería una placa. Sobre la gente que llega tarde, que se equivoca con convicción, que aprende poco y olvida mucho. Sobre quienes descubren que el corazón y la cabeza viven en el mismo barrio pero casi nunca se ponen de acuerdo.
También me interesan las contradicciones. Las propias, sobre todo. A esta altura sospecho que la coherencia está sobrevalorada y que uno de los pocos privilegios de hacerse mayor consiste en cambiar de opinión sin organizar pompas para las certezas difuntas.
Me interesa el humor, sobre todo cuando aparece donde aparentemente no debería. No porque crea que todo tenga gracia, sino porque la solemnidad me parece una forma bastante aburrida de mentir.
Del resto —mis virtudes, mis defectos, las experiencias que me inventaron y las que me faltaron, las personas que me cambiaron la letra y las equivocaciones que todavía no sé si fueron tales— prefiero no adelantar demasiado. Para eso están los poemas. Ellos suelen contar mi historia mejor de lo que yo sabría hacerlo.